Le doy un trago a mi botella. Cerveza, de la barata, para
intentar comprender cosas. Parece mentira, pero ayuda. Te hace ver en
perspectiva lo mierda que es tu vida y una vez aclarado se lo lleva de tu mente
para hacerte sentir bien y hacer que vuelvas, como las putas, los casinos, los
bares y los mafiosos. Todos bebemos por experiencia. Por olvidarle más que por
otra cosa. Alguien dijo que los más sabios son los alcohólicos, pues yo opino
que Sócrates, Platón e incluso el propio Engels debieron ser los mayores
borrachos de la historia.
Otro trago. Ahora ante mí se visualizan dos figuras. Las dos
reconocibles fácilmente. Uno de ellos soy yo, rogando no ser despedido. La escena
de esta mañana me vuelve a la mente. Mi jefe aludiendo a las pérdidas cuando
aquella mañana llevaba un nuevo traje de esos que le gustaba llevar todos los
días. Le hacía sentirse superior.
-Capullo… -se me escapa tras una risa irónica. Tendrá pérdidas,
pero… ¿Y yo? Yo las tengo triplicadas. A punto de ser desahuciado, una hija a
la que alimentar que vive con su madre, mi ex.
Otro trago. Mi ex mujer, Elisa. La amaba, con toda mi alma. Y
fruto de mi amor, que luego me entere no ser correspondido de igual manera,
nació Maite. Ya es adolescente y sus momentos de rebeldía me recuerdan a los
míos. Cojo el móvil para llamar a mi ex. Tengo que decirle que este fin de
semana Maite no puede venir, no tengo que comer ni yo.
Bebo un trago bien largo y espero a que descuelgue el
teléfono. Suspiro cogiendo fuerzas, más por la vergüenza que me provocaba
contárselo todo que por otra cosa.
-¿Diga?